sábado, 5 de noviembre de 2011

Sueños bizarros

Sangro, al igual que tu.

Por mi piel, que recorre todo mi cuerpo, para que mis tripas no se expandan por doquier, fluye mi sangre, derramada, por una herida que atraviesa mi cuello.

No recuerdo haberme degollado otra vez.

Hacía ya tiempo que no volvía a recaer. No lo había vuelto a intentar desde que la conocí a ella. Qué extraño que mis últimos pensamientos sean sobre ella. Ella. Que parece habérmelo dado todo y apenas la conozco.

Qué curioso, ya no salpico casi sangre por la pared, debe de quedarme ya poca, debe de quedarme ya poco.

Tiempo.

No debato sobre este curioso concepto, pues es tan banal ahora como lo es volver a pensar en ella, o en toda mi vida.

Una fría mano me aprieta el cuello.

Es la mía.

No consigo palpar la herida, pero sin embargo sigo notándome cada vez más débil, más cansado, más vacio… mas muerto.

Cada vez estoy más seguro de que no tengo ya herida alguna, no noto ya sangre reseca en mis manos, ni el cosquilleo de las gotas bailando entre los dedos de mis pies. No noto nada. Tanteo con mis gélidas y mortecinas manos el aire que está a mí alrededor. Solo el áspero tacto de unas sabanas. Estoy tumbado en una cama, mi cama.

Gritando tan fuerte que se me parte la comisura del labio, y estos se me llenan de heridas que noto como estallan entre piel reseca. Ahora aprieto con fuerza, acusado por un dolor que me recorre el espinazo.

De repente leves reflejos se conforman por toda la estancia. Son ojos que observan. Los cuento rápidamente, falta uno. Alguien me está guiñando un ojo, o tiene carencia de este. Ya nada me parece extraño. No sé si estoy en un sueño, pero sea lo que sea esto, me gustaría despertar o poder morirme ya. No se cuánta sangre me queda aun en las venas o si alguna vez he llegado a derramar algo, pero aun noto el calor en el cuello y en el pecho.

Respiración entrecortada, tenso cada musculo de mi cuerpo, cada musculo. Voy a estallar. No presión en los oídos, me quedo sin aire. Vuelvo a gritar. Nada.


Sudo, al igual que tu.

Por cada poro de mi piel, que recorre todo mi cuerpo, para que mis tripas no se expandan por doquier, fluye el sudor, agotado tras el esfuerzo.

No recuerdo haber hecho ningún esfuerzo.

Hacía tiempo que no volvía a sudar. No había vuelto a sudar tanto desde que la conocí a ella.

Qué extraño.


Muero, al igual que tu.

Todo mi cuerpo.

No recuerdo haber muerto.

Hacía tiempo que no moría, no había vuelto a soñar con ello desde que la mate a ella.

Aun recuerdo el esfuerzo, lo que me costó reducirla y cortarle el cuello.

Es extraño que en estos últimos momentos mis pensamientos recaigan sobre ella. Ella. Que parecía habérmelo dado todo y apenas la conocía.

Dejo de salpicar sangre por la pared al cabo de un rato, ya no le debía de quedar mucha, ya lo le debía de quedar mucho.

Tiempo.

Que reflexionar sobre este abstracto concepto. Banal, claro, en estos momentos.

Tenía la mano fría cuando me agarro el cuello. Cada vez estaba más débil, cada vez mas cansada…mas muerta.

Noto la sangre reseca en mis manos. Me intento limpiar con las sabanas de la cama donde yace ella.

Grito tanto mientras la degollaba que antes de que la sangre le ahogara el aullido se le partió la comisura de los labios y estos le estallaron en decenas de pequeñas heridas.

Ahora solo veo un grupo de personas que me observan. Uno de ellos me guiña un ojo.

Entonces accionan el interruptor y me golpea una enorme descarga eléctrica, se me tensan todos los músculos del cuerpo, se me taponan los oídos, voy a estallar. Me quedo sin aire, intento gritar. Nada.

No sé si es un sueño o es la realidad pero me gustaría morir o despertar ya.

MUERTE Y RENACIMIENTO

Estallando en mil pedazos, destruida toda esperanza, sueños rotos y olvidados. Como si nunca hubiesen existido, como si nada de esto hubiera pasado, se abre ahora una realidad de caos y desolación.

No estamos aquí, nunca hemos respirado este aire cada vez mas envenenado. Ni siquiera el recuerdo podrá perdurar si no hay nadie que pueda recordarnos. Desaparecerá todo vestigio de los que fuimos. No habrá un futuro prometedor, no habrá planes para el mañana.

Una vez que había asimilado esto, sin saber aun si sería la última persona con vida, continúe caminado, y con cada paso que daba más se me quebraba el alma, ni espíritu ni conciencia me quedaba ya, solo iba vagando entre tinieblas. Sin comprender una realidad que trasmutaba en un tiempo cada vez más inestable y traicionero. Ya no sabía si existía realmente, un deterioro claramente evidente de mi cabeza, apoderada de la demencia. Decir que nada tenía sentido es poco pues dudaba ya de si hubo sentido alguno. Llegados a este punto ni el mismísimo Descartes podría haber confirmado la duda, pues realmente ni eso mismo parecía haber existido.

Desconocía si aun tenia cuerpo, de si solo era lo poco que me quedaba de razón lo que aun divagaba en sórdidos soliloquios. No importaba realmente, pues poco a poco había ido perdiendo hasta la capacidad más simple de percibirme a mí mismo. No caminaba entre sombras, no era una voz en mi cabeza lo que oía, no era una luz al fondo del túnel, no eran pensamientos banales lo que entretenía mi inexistencia. No era nada. No era solo yo, ni solo la ausencia del yo. Joder, ni siquiera estaba seguro de estar seguro de que no era nada. Y si era, que cojones importaba, no estaba allí para sentirlo. La ausencia del todo y de la misma nada.

Y tras esto una silenciosa explosión. Como si cada detalle de lo que una vez fue el mundo se reinventara en fracciones de segundo. En cada cienmillonésima parte de segundo. Y tras contemplar aquel cálido abrazo de creación me pregunte antes de nada, si era yo mismo el que observaba fascinado toda esa luz en expansión. Fue como recuperar el aliento tras un eterno silencio. Una respiración contenida demasiado tiempo.

No entendí nada de aquello pero no hacía falta, porque en aquellos momentos me sentí parte de toda esa nueva vida que avanzaba abriéndose espacio a través de toda esa ausencia en la que me había perdido hacía unos instantes. Me sobrepasó aquel torrente de luz y poco a poco fui recobrando la seguridad en el mismo sentido inverso en que la había perdido por completo.

Cuando todo mi horizonte se anego de sustancia, el tiempo se acelero y todo lo más parecido a mi realidad recobro fuerza y vida. Aun no era yo mismo, pero supe sin temor que tampoco lo llegaría a ser, no tras haber contemplado la muerte y el renacer del universo.

Ahora yo era por fin mi propio dios, pude que no el de todo aquel vasto imperio de magia, pues desconocía si estaba solo, pero lo que sabía con seguridad era que ya nada sería como una vez fue, aun sin recordar cómo había sido, pero contemplaba ante mí un nuevo estado de realidad y mi existencia ya no dependía de preguntas ni incertidumbres.

Un sequito de infinita perfección me acompañaba ahora en este extraño viaje.