No habrá
futuro para los destructores de este mundo.
Ellos nos
aplastaran el espíritu, nos arrancaran la esperanza.
Pero no debe
haber odio ni venganza. Solo castigo.
Solo queda
el presente de cada uno, los segundos que transcurren rápidamente, entre cada
uno de estos pensamientos.
Ya ni
siquiera podemos tener la certeza de que será lo próximo que nos arrebaten.
Pero nos
aferraremos a todo lo bueno que pase por nuestras vidas.
Estamos
hechos de la misma naturaleza que compone este mundo, somos nosotros los hijos
del tiempo, los padres del mañana.
Si
alcanzamos a ser libres, lo suficientemente libres como para darnos cuenta de
todo cuanto acontece en el mundo, y no enloquecemos en el proceso, obtendremos
el poder, la fuerza y el deber de luchar por esta tierra. De vivir en esta
vida, de elegir cambiar este caos por otro.
No hablo de
forjar nuestro destino, ni de vivir según nuestros principios. Eso ya debería
estar claro. Hablo de despertar un día y no volver a dormir jamás, y de no
permitir que se duerman otros. Aun quedan demasiados vestigios de la
desolación. Aun se derraman demasiadas lágrimas, aun perecen los buenos, y se
inmortalizan los malvados.
Si todo esto
perdura, cada estatua de sal, cada porción de cultura, formaran un falso espejo
que nos señalara a todos, y no veremos llegar el día en que nos miren como al
polvo, y se rían de nosotros, pobres desgraciados que vivieron su propio
infierno, sonriendo únicamente ante la muerte por no poder esquivarla.