Si la
tormenta se acerca, la esperaremos.
Si el cielo
se oscurece, observaremos como el día se convierte en noche.
Cuando se
oigan los truenos, te agarraré más fuerte.
Las primeras
gotas, arropadas por el viento que quiere llevarnos con él, serán el presagio
del fin.
No importa
lo que descienda del cielo, lo que nos arrojen las nubes, enfurecidas, entre la
ventisca y los relámpagos. La noche y el día mezclados en un violento frenesí.
Yo permaneceré petrificado.
Una llamada
a contemplar la fuerza de la naturaleza. Como su espíritu se yergue por encima
de todos nosotros.
Ahí estaré,
bajo la tormenta.
Solos, bajo
la incesante lluvia. Todo reflejo de luz se vuelve brillante y los ojos se
empañan. Cada paso que damos por las calles de esta ciudad maldita nos hace
adentrarnos cada vez más en la noche. No hay mapas a donde quiera que vayamos,
no importa las esquinas que doblemos, ni la lluvia que quiere inundarnos.
No
entendemos el calor o el frio que quiere arrebatarnos las horas bajo esta
tormenta.
No viviré
perseguido por más alucinaciones, solo dejaré que me acompañe mi propia sombra
que se desdobla y se deforma con los charcos hasta parecer que caminas a mi
lado.
Dentro de
cada pulsación que emiten todos los corazones está el ritmo propio de una
melodía que abunda en nosotros.
La lluvia me
va marcando el compás de mis pasos y me cala más hondo.
Ahora estallan varios truenos que retumban en cada
piedra y en cada hueso. No estamos huyendo, solo recorriendo las calles de esta
ciudad maldita.
