jueves, 4 de abril de 2013

Bajo la tormenta


Si la tormenta se acerca, la esperaremos.
Si el cielo se oscurece, observaremos como el día se convierte en noche.
Cuando se oigan los truenos, te agarraré más fuerte.
Las primeras gotas, arropadas por el viento que quiere llevarnos con él, serán el presagio del fin.
No importa lo que descienda del cielo, lo que nos arrojen las nubes, enfurecidas, entre la ventisca y los relámpagos. La noche y el día mezclados en un violento frenesí. Yo permaneceré petrificado.
Una llamada a contemplar la fuerza de la naturaleza. Como su espíritu se yergue por encima de todos nosotros.
Ahí estaré, bajo la tormenta.

Solos, bajo la incesante lluvia. Todo reflejo de luz se vuelve brillante y los ojos se empañan. Cada paso que damos por las calles de esta ciudad maldita nos hace adentrarnos cada vez más en la noche. No hay mapas a donde quiera que vayamos, no importa las esquinas que doblemos, ni la lluvia que quiere inundarnos.
No entendemos el calor o el frio que quiere arrebatarnos las horas bajo esta tormenta.
No viviré perseguido por más alucinaciones, solo dejaré que me acompañe mi propia sombra que se desdobla y se deforma con los charcos hasta parecer que caminas a mi lado.

Dentro de cada pulsación que emiten todos los corazones está el ritmo propio de una melodía que abunda en nosotros.

La lluvia me va marcando el compás de mis pasos y me cala más hondo.
Ahora estallan varios truenos que retumban en cada piedra y en cada hueso. No estamos huyendo, solo recorriendo las calles de esta ciudad maldita.

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