jueves, 27 de enero de 2011

Relatos de la noche I

Me desperté sobresaltado y empapado en sudor sobre el sofá del salón. Como una profunda dentellada, aquella pesadilla me había desgarrado el sueño y me había catapultado demasiado rápido al mundo real. Tarde varios segundos en situarme, me hallaba sentado en un incomodo y viejo sofá ajado del que ya estaba notando en la espalda las consecuencias de mi incomoda cabezada. Corriendo aun el sudor por toda mi cara, necesite otros tantos segundos para discernir si aun continuaba en aquella demencial pesadilla de la que comenzaban a llegarme borrosas imágenes.

Tras esto, me levante y cruce lentamente toda la habitación, mientras arrastraba los pies, estos comenzaban a enfriarse rápidamente y a transmitirme fugaces escalofríos por toda la pierna. Comencé a palpar la pared buscando el interruptor de la luz, como no conseguí localizarlo a la primera fui arrastrando la mano desde el marco de la puerta hacia fuera para conseguir encontrarlo, pero no había manera. Sin ningún motivo aparente nuevas gotas de sudor bajaron deslizándose rápidamente sobre mi frente aún empapada. Sin darle importancia insistí nuevamente para alcanzar el interruptor pero por mucho que extendía y alargaba el brazo por toda la pared a lo largo y alto de esta no se toparon mis dedos con el maldito botón.

Desistí al final, azuzado por una extraña inquietud que me acabo derivando en un ridículo miedo. Pero no miedo a la oscuridad, si no a no estar reconociendo la casa en la que me había despertado, como si lo único familiar fuese ese roñoso sofá en el que tan mal había dormido.

Salí al pasillo de aquella casa si es que no era realmente mi casa, con intención de encontrar nuevamente otro interruptor para poder ver dónde demonios me hallaba. Con ambos brazos estirados en cruz fui restregando las manos por ambas paredes de arriba abajo para reconocer cualquier indicio de que aquella oscuridad era al menos la misma oscuridad de mi casa.

Tras andar apenas dos metros me tope con dos puertas situadas una justo enfrente de la otra, hasta ahí todo normal, podría ser mi habitación que está justo delante de la cocina. Pero fue cuando decidí entrar en ambas habitaciones cuando noté que las mismas estaban cerradas. Como un gélido latigazo un escalofrió me subió por la espalda y mi cerebro comenzó a descontrolarse y a repasar de forma frenética hasta el último detalle de todo lo que había sucedido después de despertarme y antes de quedarme dormido en el sofá. Con aquella completa oscuridad lo único que me quedaban eran sensaciones de todo lo que había tocado; la fría piedra de las baldosas del suelo, el espero tacto de las paredes mal pintadas, la rugosa y astillada madera del marco de las puertas, el duro e incomodo pomo de las puertas que no conseguía abrir y ese incesante goteo de sudor frío que ya bañaba mi ropa.

Acto seguido, impulsado por una indescriptible sensación de peligro eche a correr por el pasillo intentando llegar a la salida, a una salida que sabía que también hallaría cerrada, como todas las puertas de aquella infernal casa que cada vez más sabia que no era la mía. Pero el siguiente mazazo de terror total me vino cuando en vez de poder tomar el pasillo a la derecha para alcanzar el recibidor recorrí varios metros en línea recta sin encontrar ninguna puerta, avance y avance, primero con paso tembloroso y asustado y luego con grandes zancadas de emanaban desesperación pura hasta que tras varias decenas de metros continué arrastrando las manos por la infinita pared lisa, sin puertas, sin ventanas, sin interruptores que me dejaran en la misma oscuridad de siempre. Sin saber ya si tenía los ojos abiertos o no, caí derrotado en el mismo gélido suelo de piedra que había recibido a mis pies descalzos desde el mismo instante en que me levante del sofá por aquella pesadilla que ya había olvidado pero a la que deseaba volver, mejor lugar sin duda que esta extraña realidad.

Al sofá decidí regresar esperando tontamente que fuese la manera de salir de este desesperante sueño. Tomando la dirección opuesta regrese sobre mis pasos con la misma estúpida pose que había traído desde que tome el endiablado pasillo, esta vez rasgando mis escasas uñas contra la pared corrí lo más rápido que pude para alcanzar la puerta del salón que había dejado abierta. Pero insensato de mi como pude creer que aquella casa del dominio me habría mantenido la puerta abierta. No fue hasta que recorrí casi cien metros cuando acepte que ya no quedaban puertas, solo pasillo, solo oscuridad. Y fue ahí cuando grite como nunca antes lo había hecho, como nunca antes me había sentido, grite y solo me falto golpear con mi propia cabeza las solidas paredes mal pintadas que me rodeaban. Ya no había pasillo, ya no tenía a donde huir sí que había salida, no tenia hacia donde correr si es que aun me quedaban fuerzas, no tenía a quien golpear si es que existía alguien en aquella pesadilla infernal.

Y comencé a sentir como las paredes de aquella nueva habitación se cerraban cada vez más y mas. Como una gran presión que me comprimía el pecho y me aplastaba el alma, como una corriente letal que me arrancaba el espíritu y me descomponía en el más completo vacio.

Cuando aun sentía todo eso en mi corazón empecé a notar como mi cerebro se revolvía contra todas aquellas sensaciones, una desesperada lucha contra aquella muerte inminente. Grite una y otra vez hasta que agotado me derrumbe contra el frío suelo, pero en vez de eso sentí por primera vez una sensación agradable, tras una breve caída recibí un extraño abrazo en un suelo acolchado.

Y fue entonces cuando estallo toda aquella luz, se encendió como si de una revelación se tratase, como una aparición de verdades y realidades que se conformaron rápidamente en una imagen que termino de destruir por completo mi ánimo, mi razón y mi existencia, se alzaban ante mis cuatro paredes acolchadas de blanco. Y me halle a mi mismo tumbado en aquel frío suelo también relleno de un firme pero elástico almohadillado, con un extraño ropaje de lo que un día fue color blanco y que ahora presentaba graves signos de decoloración, sangre y mugre, con unas extensiones en las mangas que me llegaban hasta la espalda y a mi parecer daban la vuelta y terminaban en un enganche metálico que se me clavaba en el pecho.

Cuando me acostumbre a la intensidad de luz que provenía de un techo que no alcanzaba a ver el final, solo conseguí escuchar una penetrante voz que arrastraba un fondo metálico: “el sujeto continua con terrores nocturnos, doblarle la medicación”. Después de oír esto, sin entender nada, sin reconocerme ni a mí mismo ni a aquel extraño lugar, caí nuevamente desplomado sobre un suelo que me pareció algo más duro de lo que acababa de experimentar. Me encontraba de nuevo en el salón de mi casa, todo estaba oscuro, me dolía la espalda por culpa del viejo sofá y estaba empapado en sudor.

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